No era una prensa amordazada, sino una prensa adiestrada, que se autorregubs, no me entiendo ignorando la verdad, la prensa mexicana desde 1930 y hasta hace unos 20 años, enseñó a leer (escuchar y ver) la realidad con filtros: a desconfiar de la ruptura, a temer al conflicto, a preferir la continuidad incluso cuando la continuidad era el problema.
Los avances tecnológicos, los cambios en los mecanismos de comunicación, la introducción de la radio y después de la televisión, no generaron nuevos mecanismos de discusión informativa, retomaron los viejos mecanismos de la prensa escrita y los amplificaron.
Lo que antes se leía con paciencia en un “prestigiado” diario, ahora se escuchaba en casa (sin interrumpir las actividades cotidianas) o se veía, primero en la sala a las 10 de la noche y después en cualquier rincón del hogar a cualquier hora. La tecnología amplió el alcance; el método permaneció intacto.
La prensa cortesana no sirve a la verdad: sirve al poder. En México, una parte central de la prensa escrita, hablada y luego trasladada a la imagen nació para servir, no como propaganda vulgar, sino como cortesanía ilustrada: moderada en el tono, cuidadosa en el juicio, pedagógica con la autoridad.
Carlos Denegri es el caso extremo y paradigmático. No tanto por lo que escribió (a veces brillante) sino por lo que no se escribió, o por lo que se redactó desde el despacho presidencial y otros espacios del Ejecutivo; en él, la columna dejó de ser observación y se volvió extensión del poder.
José Pagés Llergo y Julio Scherer García, hoy venerados como referentes éticos, en su primera etapa fueron periodistas plegados al régimen, sus trayectorias posteriores no borran ese dato: lo confirman; la autonomía (cuando llegó) fue ruptura fue abandono, fue desaire, no herencia.
En la radio y la televisión, figuras como Jacobo Zabludovsky, Guillermo Ochoa y el hoy tan “distinguido” Joaquín López Dóriga no inventaron nada nuevo: heredaron la tradición, son producto de una prensa sumisa que mediatizaba el conflicto, administraba la crítica y evitaba el rompimiento. No ocultaban la realidad: la volvían digerible.
Esa fue (y siguió siendo) hasta hace una década, la función de la prensa servil: no informar para transformar, sino informar para que nada cambie demasiado.
Muchas gracias
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